¿Qué es la izquierda y dónde está?


En mi último discurso como presidente del Ateneo Republicano de Galicia, en el acto conmemorativo del 14 de abril en el Campo da Rata de A Coruña, reflexioné sobre este momento absolutamente dramático para el país, en el que creo que debería imponerse en toda España una mirada al espejo de la realidad, y producirse una autocrítica nacional en los sectores que de forma clásica vinieron calificándose como de izquierdas, reflexiones que ahora quisiera compartir para reabrir ese debate.
¿Qué es la izquierda y dónde está? ¿Alguien la ha visto en los últimos años? ¿Cómo está reaccionando ante una España no solo al borde del abismo, sino materialmente en el fondo del precipicio? ¿Existe la izquierda realmente o estamos hablando de un término cuyo significado no va más allá de una muletilla de carácter político que funciona muy bien como elemento estético en los debates parlamentarios o televisivos? Y en caso de que realmente existiese, ¿no podríamos preguntarnos por qué la izquierda no es de izquierdas?
Yo creo que aquí y ahora simple y llanamente la izquierda ha muerto. Se trata solo de un cadáver que, tras una prolongada catalepsia estética, muestra su demacrado rostro ante la historia, evidenciando su impotencia.
La izquierda española tiene que hacerse un examen, en el supuesto de que todavía le queda una brizna de esa consciencia derivada de una consciencia vital generadora de su realidad. En el caso, claro, de que además sea consciente de su realidad.
Esta izquierda yacente y cerúlea se ha muerto por un cuadro clínico de permanente prepotencia arterial, de deficiente circulación solidaria, de un espejismo daltónico mal curado, de una intransigencia digestiva en su comunicación político-ideológica con el resto de los órganos del cuerpo social, de una caída, al final, de la tensión ética que tendría que mantener en su justo ritmo el equilibrio vital.
La ética. La vieja ética republicana, la vieja ética de izquierdas, los viejos, viejos y por eso abandonados conceptos que han de constituir los pilares del hombre, los pilares de la Tierra. Aquellos conceptos, que nacieron o resucitaron un abril de 1931, y que iban a conformar las primaveras de los tiempos por llegar. Aquellos principios que eran solo los «nuestros», que garantizarían la convivencia en paz, la perdurabilidad de los valores universales , la proyección de las humanidades, las garantías del progreso ordenado, la evolución del pensamiento, el desarrollo de la razón, el florecer de la cultura, el buen reparto del trabajo del techo y el pan para todos.
Todo aquello que nosotros olvidamos, creyendo que ya todo estaba conquistado porque la artmética partitocrática garantizaba la continuidad de las mayorías; y más allá de la razón mandaban los números, que pueden reconvertir las voluntades y hacerlas imposiciones duraderas. Y de eso se trataba, de llegar al poder y mantenerlo. Todo el poder durante todo el tiempo posible.
Pero ahora el poder tiene otro color diferente. Es justo el del poder contra el que los viejos republicanos plantearon sus principios y sus convicciones. Y al final, en contra de sus más íntimas voluntades, opusieron también sus armas.
El ADN de la II República dejó de formar parte de la esencia en la praxis política del socialismo español. En vez de reivindicar los fundamentos republicanos y replantear los derechos legítimos de la República, todo aquello se metió en el trastero de la historia.
Ahora el poder tiene otro color. Es el viejo y rancio color de la vieja España. Es la derechona extrema, ácida, tosca, antigua e insensible, cuyos valores se miden solo en ferrados, hecha a contratar las peonadas del hambre expuesta en las plazas porticadas de los pueblos, la que groseramente presenta como un éxito la reforma laboral que no es sino una siega de derechos, un funeral de sueños, una moderna forma de esclavitud cuyas consecuencias están todavía por llegar.
Hay un millón y medio más de parados. Los sueldos siguen bajando. El presidente de la CEOE dice que hay que bajarlos más. La privatización de la enseñanza y la sanidad públicas avanza pavorosamente. El recorte de las becas ha dejado a cientos de miles de estudiantes a media carrera. Los desahucios continúan. Preferentes, subordinadas y productos financieros varios esquilman el ahorro de toda una vida. Los jueces que persiguen los grandes delitos, Garzón o Silva, son retirados de la carrera judicial a perpetuidad.
Si ante el estado de la nación los republicanos no conseguimos presencia y capacidad de convocatoria, podemos decir adiós al proyecto de una III República.
Si el conjunto del pueblo español no retoma la dignidad y la valentía necesarias para subvertir la situación, este país se verá privado de futuro.

Cándido Barral en http://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2014/04/18/izquierda-donde-/0003_201404G18P15992.htmscale.php


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