“ANTICAPITALISTA MUERE ASESINADA EN UN CAJERO DURANTE UN ATRACO”


Alacena de las Monjas
Mi abuela paterna ya lo vaticinó el día 16 de julio de 1965. Ese día, y tras noventa y seis horas de agónico parto, nací, medio asfixiada, y no exactamente por las tórridas temperaturas de aquel cálido verano. La casi estrangulación se debió, según criterio médico, a que me enrosqué en el cordón umbilical con la pretensión de hacerme fuerte en el útero materno, y no tener que salir para sufrir los rigores veraniegos o de cualquier otra índole. 
Eduviges, que así se llamaba la madre de mi padre, al verme allí agarrada, tenazmente, y con el ceño fruncido enseñando la cabeza, dijo, moviendo pensativamente el rostro: 
-Esta niña nos va a dar muchos disgustos. Observo que va a pasar por la vida sin enterarse, y eso puede acarrearle y acarrearnos serios problemas. 
Mi otra abuela, la materna, de nombre Santiaga, la miró de soslayo y le replicó, según dicen, sin ninguna acritud: 
-En eso se parecerá a ti, que tienes ya una edad y vives sin vivir en ti ni fuera de ti, que hace una semana quemaste rastrojos en tu finca, y ardió hasta el campanario de la Iglesia porque ni cuenta te diste del fuerte vendaval que asolaba el pueblo ese día. 
En ese instante cuentan, los allí presentes, que se hizo un total silencio, y que ambas abuelas se miraron retadoras y salieron de la habitación. Nadie se ha atrevido a divulgar qué se dijeron a solas en la cocina. Lo único que se escuchó fue, según recuerdan los parientes que han sobrevivido, la rotura de los cristales de dos ventanas, y que aparecieron distintos utensilios de cocina, esparcidos, en el jardín trasero de la casa en un radio de quinientos metros. La olla express aún decora el tiesto de uno de los rosales, y algunos vecinos, entendidos en arte, reconocen que emula al más elevado pincel expresionista. 
Entre avatares familiares de esta índole, crecí. Y dado que considero el interés que ha de despertar entre mis sufridos lectores la cuestión de si heredé las características de mi abuela Eduviges, he de decir que sí. Y tanto ha sido así, que he sobrevivido a mil avatares aquí y allá, y casi sin percatarme de ello. El último aconteció el día cinco de enero de 2012. 
Siete y cuarenta de la mañana. Niebla espesa y nadie en las calles. Aún de noche y el frío atenaza hasta el aliento. Compro el periódico medio bizca, ya que no he conseguido ponerme el gorro de lana, blanco y con estrellitas brillantes, bien ubicado en la cabeza. Doy las gracias al Ayuntamiento de Madrid y a quién fuera entonces su Alcalde, por permitir que el quiosco de prensa esté a escasos diez metros de la puerta de mi casa. En caso contrario, en mi lucha con el díscolo gorrito, hubiera padecido algún tipo de traspiés que me hubiera conducido, irremediablemente, a las urgencias de un hospital. 
José, el amable quiosquero, me pregunta si requiero ayuda para poner cada cosa de mi persona y sus accesorios en su sitio. Le digo que sí, y sin previo aviso, le entrego el bolso, la mochila de gimnasia y un objeto no reproducible aquí por ética y por estética. Sin salir de su asombro, y mientras a duras penas sostiene lo que acabo de entregarle, yo, con una falta total de tino, tiro de la boina hacia abajo y me la incrusto encima de las gafas, así, sin miramientos de ningún tipo. Por dignidad no la reubiqué, dado que José me miraba con ojos desorbitados y no era cuestión de dejarlo así más tiempo, razón por la que mantuve la parte más brillante de la boina a modo de parabrisas sobre los cristales de los anteojos. 
Firmemente protegidos cuerpo y cabeza de las inclemencias del tiempo ese amanecer, serpenteo entre los pequeños jardines de los distintos bloques de viviendas hasta que me topo con el que yo supuse que era el jardinero, con el que me cruzo alguna que otra mañana. Cubierto con un pasamontañas, solo se le veían los ojos. Le deseo buenos días y pienso: “Este muchacho hoy si que está helado, que es la primera vez que le veo así cubierto el rostro”. Deduje que me deseó, también, buenos días, porque escucharlo, sinceramente no lo escuché, pero lo achaqué a la sordera que ya me va atacando en la medida en que cumplo años. 
Enfrente, el banco. No llevaba ni unos míseros cincuenta céntimos y encaminé mis pasos, con firmeza, hacia el cajero. La razón decía que el jardinero, un joven alto y robusto, me protegería si alguien decidía robarme el monedero. También me ofrecía confianza, porqué no decirlo, que el abuelo Valentín, como cada mañana, estuviera allí esperando a que la entidad bancaria abriera al público. El abuelo Valentín huele, a esas horas tan tempranas, a más de un carajillo, pero nadie es perfecto, y mucho menos, recién levantado. Cuando crucé la primera puerta, observé que el personal de la oficina charlaba, alegremente, tras la segunda puerta de la entidad.
¿Por qué es tan importante explicar lo de las dos puertas? Porque son ejes fundamentales del relato que va a acontecer a continuación. Sin ellas, nada tendría sentido en la historia, sí es que algo de lo que escribo lo tiene, claro. Pero no estoy dispuesta a hacer una encuesta entre mis posibles lectores para saber cómo me consideran, lógica o ilógica, que bastante tengo hoy con hilvanar, con cierto rigor, el resto de los acontecimientos. 
Una vez atravesado el primer portón, doy los buenos días al abuelo Valentín y a una señora que abrazaba con gran fervor su bolso. Inmediatamente introduzco la tarjeta en la ranura del cajero y en ese mismo instante pareció que se desató la ira de Dios, o de Satán, sobre nosotros. Dos jóvenes enmascarados –uno de ellos, clavadito al jardinero que saludé-, dan una patada a la primera puerta y, con una maza de increíbles dimensiones, dan dos golpes a la segunda, blindada, en la parte inferior derecha, y la resquebrajan, introduciéndose, en cuclillas, en el interior de la sucursal. ¡He de confesar que solo había visto tanta flexibilidad en los atletas de los juegos olímpicos, y no exactamente, en la especialidad de salto con pértiga! 
Como doy por sentado que han leído ustedes las declaraciones de los empleados sobre el atraco y los asaltantes en los medios de comunicación, me voy a limitar, aquí, a exponer lo que ocurrió en ese habitáculo donde quedamos el abuelo Valentín, la señora y yo. 
Tras los primeros minutos de descoloque emocional –el del abuelo Valentín ha de ser achacado a los carajillos, no al asalto-, nos repusimos. La señora seguía abrazando, con más ahínco aún que antes, el bolso, y yo me fui separando, con la mayor discreción posible, del cajero, encomendándome a todos los dioses para que los atracadores no percibieran que se vislumbraba allí mi tarjeta de crédito. 
No sé si he dicho que soy miope, y que aún con gafas, tengo serias dificultades para ver con un fondo oscuro. O sea, que creyendo, porque no lo veía, que no quedaba nadie en la primera puerta, decidí empujarla para salir de allí corriendo, y me encuentro, de frente, con un tercer atracador. Como he hecho muchos cursos sobre las técnicas para hablar bien en público, decidí utilizarlas y le solicité, educadamente: “¿Nos deja salir, por favor? ¡Eso sí, no nos hagan daño! O por lo menos, deje salir al abuelo Valentín, que no se sostiene en pie”. Y la respuesta del atracador, sin educación alguna, fue ponerme una de sus manos en el pecho y empujarme, de nuevo, hacia dentro. ¡Reconozco qué en ese momento me entraron ganas de correrlo a gorrazos, pero me contuve! 
Ante la imposibilidad de tomar ninguna medida en esta situación, me puse a pensar. ¡Sí, a pensar, por extraño que parezca! Y lo primero sobre lo que recapitulé fue que sería la comidilla de todos mis conocidos, y podía hasta intuir sus carcajadas, ante la esquela sobre mi asesinato, que hubiera puesto, en ABC, lo siguiente: “Anticapitalista muere asesinada en un cajero durante un atraco”. Lo segundo sobre lo que hice memoria era lo relativo a aquellas tardes de verano en las eras, en el coche en los años de facultad y en la habitación insonorizada de mi dormitorio. Dicen que cuando alguien ve próximo su deceso, su vida se retransmite, en moviola, ante sus ojos, pero, en mi caso, solo entreví esos momentos tan concretos y placenteros. 
En estas disquisiciones estaba cuando los dos atracadores volvieron a demostrarnos sus dotes gimnásticas saliendo, agachados, del banco. Fue la primera vez que vi billetes de 500 euros sobresaliendo de una mochila. De reojo miraba la tarjeta, aún en la ranura del cajero, y maldije a los banqueros, que siempre están retirándomela a la mínima, y en ese instante, cuando era tan necesario, no hacían más que exponerla, impúdicamente, a unos asaltantes bancarios. 
¿Qué cómo terminó todo? Pues en un BMV de grama alta, gris, según un testigo. Los tres atracadores se montaron en el y no dejaron, a nadie, la tarjeta de visita con sus nombres, dirección o banco donde iban a depositar el dinero sustraído. Eso sí, tras declarar a la policía lo que habíamos padecido, el abuelo Valentín y yo nos fuimos a desayunar a un bar cercano. Él se pidió un carajillo y yo un café con unas gotitas de anís. ¡No sé qué sucedió, al final, con la mujer atada a un bolso!

4 respuestas a ““ANTICAPITALISTA MUERE ASESINADA EN UN CAJERO DURANTE UN ATRACO”

  1. ¡Gracias por vuestos comentarios! Lástima que no haya tenido tiempo, estos últimos días, de poder contestaros más extensamente!Un saludo.Alacena de las Monjas

  2. EL OJO DERECHO (el blog de Mª de Las Virtudes de la Diestra):La paz sea con vosotros, queridos lectores, aunque hoy nos desayunemos con una nueva intoxicación de la progresía (y cuándo estos expulsados del Edén no traen disgustos). Esta vez, un mal intento de desprestigio de nuestro Santo Capitalismo, que tanta bilis provoca en el ateísmo rampante y sin valores que se va instalando en nuestra sociedad anestesiada. Como bien sabemos, la única pretensión del “Matrix Progre”, en palabras de J. Manuel de la Pradera, es “destrozar el tejido celular de la sociedad”. Y luego inocularle sus virus de igualdad, justicia social, solidaridad…Sí, estremézcanse, que no es para menos. Y este de hoy, es solo otro ataque más.No se lleven a engaño por el nuevo artículo de la prensa progre (“Anticapitalista muere asesinada en un cajero durante un atraco”) publicado en el abominable diario secesionista “España Plural”. Piensen, amigos, piensen. ¿No les parece una curiosa coincidencia que una anticapitalista pasara por allí? Como nos advierte esta mañana el honorable don Luis del Abeto en Libertad Dactilar, de coincidencia, nada de nada. Lo que en realidad sucedió es que una banda de progres despeinados (¡qué horror, pero qué tendrá esta gente en contra del agua!) ha asaltado un banco, sirviéndose de las argucias propias del ADN socialisto: la trampa y la mentira. Y lo que ha pasado después es que la prensa compinche del perroflautismo ha hecho de altavoz.Apliquemos la vara de medir que nos sugiere don Luis, la que nunca le ha fallado en sus largos años de cazador de conspiraciones: “Qui prodest?” (“¿Quién se beneficia?”), sin duda, podemos responder: los comunistas atracadores, sí, pero también la anticapitalista y don Valentín, que ganaron sendos carajillos (uno con más anís que el otro…) con la operación. Y me preguntarán, porque a ustedes, fieles lectores, ya no se les escapa una: “¿Y quién era la señora señora del bolso?”. Pues otra progre, como ya se estaban imaginando. Tenía el bolso preparado para abrirlo por si acaso. Pero como al final todo el botín cabía en la mochila del comunista encapuchado, no hizo falta. ¿Y qué fue de ella? Pues se puso al volante del BMW, hijos míos…¿qué iba a hacer si no puede tomar carajillo por la tensión? Darse a la fuga con los otros.Bueno, y lo de que sea un BMV es algo que don Luis del Abedul sigue investigando, pues cree que seguramente se trata en realidad de una Kangoo. (Nos anuncia en su columna que tendrá la prueba documental para mañana, que esta tarde, si hace bueno, sale a hacer la foto.)Quedan convocadas las personas de bien para mañana a las 19.00 en la Plaza Mayor con nuestro acostumbrado lema: “¡QUEREMOS SABER!”

  3. Incluso para el más ciego de los mortales todos los signos premonitorios estaban a la vista.Hasta ese día, Alacena, tu vida había sido encaminada inexorablemente hacia ese suceso transcendental, clave, incluso yo diría.. cósmico. Un evento que te indica, sin ningún genero de dudas, cual es tu misión. Supongo que con la ayuda del anís, y de los efluvios carajillenses que emanaban de la consumición valentiniana, comprendiste todo eso que estoy comentando y, lo más importante aún, entendiste la sin igual labor catalizadora que tan eficazmente realizo el bolso que sujetaba a la señora.Simplemente me queda rendirme a la evidencia, ofrecerte mi pleitesía más sincera y desear lograr ver como el objetivo ultimo predestinado de tu vida se cumple: “Escacharrar Lugares Maléficos”. Lo que me reiré cuando vea la cara de Satanás mientras se le inunda el infierno y se le apagan las calderas por una irreparable y torrencial fuga de agua, provocada por un certero tropiezo de “La Elegida”.Un saludo:Matusalén Sinprisa

  4. Ostrás! Me has dejado maravillada, alacena. Primero pensé que la noticia era cierta, tal y como contaba el titular. Luego me fui adentrando y pensé que era una gran idea contar un suceso dramático con humor, y fui reconociendo los lugares, con lo cual mi interés crecía, los reconocía paso a paso, esperaba un susto final, habría una muerte que le contarían los del banco, al mismo tiemo recordé unas palabras de dnd qe decían: se ha perdido la imaginación del comienzo; hablábamos del 15M, sentí agradecimiento porque theudis hubiera buscado un texto así, no se ha perdido la imaginación del comienzo, llegué al final y me encontré con un carajito, y una sonrisa, precisamente venía pensando en los carajitos que están de moda en la zona "trendin" de Madrid, y cuando al final he encontrado de dónde salía el titular, lanoticia, y todo el texto y te he encontrado a ti, ha sido mejor que un regalo de Reys, aunque no cambiaría mi regalo de reyes por nada. Me has hecho sentir y pensar mucho, y sonriendo, y en poco tiempoMuchas gracias, Lila

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